La duda que se abre frente al monumento arquitectónico historicista por considerarlo un falseo de la realidad social, conduce a Carlos Raúl Villanueva a buscar nuevos tipos de expresión en el mundo de la máquina, de la función, de la geometría, consumándose en él la primera gran transformación estilística, con la que se inicia el capítulo de la historia moderna en la arquitectura venezolana.
Este gran salto hacia la modernidad (que ya se había manifestado tempranamente en 1934 con su primera casa de habitación Los Manolos) se expresa más claramente en el proyecto para la Escuela Gran Colombia (hoy Grupo Escolar Francisco Pimentel, 1939-1942), en la que por primera vez se hace evidente en Carlos Raúl Villanueva, la supeditación del hecho arquitectónico a la existencia y necesidades del habitante. Lo construido se convierte en reflejo de la condición humana. Lejos de disimularse el utilitarismo y practicismo de la sociedad moderna, éstos se aceptan y se acentúan, como condición referida al espacio de un nuevo tiempo. De esta manera, las formas históricas comienzan a ser arrasadas por las formas de la función.
Lo moderno se plantea aquí como la lucha por concebir un objeto auténtico y franco en sus formas, que existe en la experiencia que lo determina: pensando por y para el habitante. La Gran Colombia expresa finalmente y de manera abierta las aristas conceptuales definitivamente modernas de la funcionalidad como presupuesto fundamental: la experimentación de las nuevas tecnologías en la construcción y el juego entre vacío y construcción, como elementos que adquieren la misma importancia en un diseño donde nada es residual.
El proyecto clave, en esta primera definición de Villanueva como moderno, es la Reurbanización de El Silencio. Un desafío arquitectónico en el que Villanueva debió integrar condicionantes de diversa índole: Por una parte, la inserción de un conjunto modelo de viviendas de gran densidad de población en el centro de la ciudad capital, en el cual se debía considerar el peso histórico del casco central y los elementos de circulación para las arterias viales que atravesaban la zona, y por otra parte, la necesidad de armonizar la propuesta de diseño de los apartamentos a los usos y tradiciones de la numerosa familia venezolana. En otras palabras, esta propuesta se desarrolla en dos dimensiones: una, satisfacer los requerimientos de un plan urbanístico de gran magnitud, y dos, responder a las demandas de uso del espacio interno, por parte de la comunidad y las familias.
Para responder a ambas exigencias, Villanueva crea en El Silencio una doble propuesta urbanística: Hacia el espacio público recurre a las tradiciones coloniales para favorecer las convenciones, y hacia el interior, sus volúmenes racionalistas reflejan la poderosa influencia de las vanguardias europeas. El uso de galerías y calles porticadas es un ensayo en el que se entremezclan razones climáticas y elemento cultural. Con ellas crea un espacio para la circulación que sirve de resguardo a la lluvia y el sol tropical, al tiempo que portales y patios imprimen un carácter tradicional a la volumetría, asociándola con las formas de la herencia colonial española. La concepción racional de las condiciones higiénicas y sanitarias supuso incorporar los servicios de drenaje, sanitarios y agua corriente, pero más importante aún, una cuidadosa consideración de los elementos de ventilación e iluminación, como parte de una visión más integral de la salud concebida no sólo en términos netamente sanitarios sino inclusive sociales. La confluencia de estos múltiples elementos convirtió a los Bloques de El Silencio en el capítulo inaugural de la vivienda multifamiliar en Venezuela, y paradigma de alcance continental.
Pero será con el proyecto de la Ciudad Universitaria de Caracas con el que Villanueva logre dar su giro conceptual y material más importante. Inicialmente proyectada como una obra de sobria monumentalidad, con una espacialidad clásica y tardíamente académica, este primer proyecto para el conjunto universitario ira transformándose a tal punto, que terminará por convertirse en el ícono del paisaje moderno en Venezuela. En esta primera etapa (1944-1948) el ambicioso proyecto se centró en el desarrollo de los edificios de la llamada Zona Médica (Instituto Anatomo-Patológico, Hospital Clínico Universitario, Instituto de Medicina Experimental, Instituto de Anatómico, Instituto de Higiene, Escuela de Enfermeras). A partir del conjunto asistencial se trazó la organización del resto de las construcciones de la Ciudad Universitaria, con un esquema urbano convencional que sugería la reproducción de los grandes jardines, paseos y monumentos imperiales franceses. Se elaboró una composición escenográfica que nacía en el extremo oeste, a partir del volumen del Hospital Universitario, y situaba el resto de los volúmenes en torno a una gran avenida o eje central que culminaba en el conjunto olímpico. A pesar de ello, la propuesta arquitectónica estaba lejos de ser neoclásica. Los edificios fueron concebidos en la franqueza de las formas y en la autonomía que exigían sus respectivas funciones, al tiempo que sus volúmenes eran explotados como efectos escultóricos: cuatro pabellones ensamblados a la manera de proa de barcos se interceptan con un sólido volumen posterior, creando la referencia del expresionismo.
El Hospital Clínico Universitario acusa la influencia expresionista de Eric Mendelsohn, el Instituto de Medicina Experimental muestra el purismo de Le Corbusier, y entre ellos, el edificio del Instituto Anatómico trasluce el racionalismo didáctico de Walter Gropius. En ellos destaca la aparición de las rampas como experiencia arquitectónica propia, en el que la circulación interior se concibe ya como un tiempo y espacio específicos, y aparece la idea del estándar como una nueva condición de la composición arquitectónica ligada a resolver el tema de nuevos edificios para la educación.
La sustitución del módulo objeto es el punto de partida de una nueva evaluación de la función constructiva y una nueva concepción de la espacialidad. El descubrimiento del objeto en relación con su función práctica le abre a Villanueva nuevos horizontes en cuanto a la composición del espacio, permitiéndole jugar con las reglas que gobiernan la proporcionalidad. El desarrollo de la composición arquitectónica a partir de elementos simples y constantes, favorecida por el trabajo con objetos prefabricados, condujo a una etapa definitivamente racionalista en la arquitectura venezolana, en la que la construcción masificada se abrió a nuevas posibilidades al fusionar calidad y cantidad. La propuesta de Villanueva para los edificios educativos se basa en otorgar al corredor central el carácter de eje o generatriz del espacio. La circulación adquiere una gran importancia como elemento que vincula o cruza las distintas áreas organizadas de manera funcional, al tiempo que otorga movimiento al conjunto. Allí el equilibrio es el resultado de la dinámica compensación de los volúmenes y superficies, dejando atrás la simetría y la estática relación de proporciones.
Los Institutos de Medicina Tropical y Anatomo-Patológico y la Escuela de Enfermeras establecen un marco visual alterno al esquema impuesto por el Hospital Clínico. En ellos se propone una arquitectura blanca en contraste con los volúmenes autónomos de color, y una horizontalidad de los cuerpos acentuada por las bandas ininterrumpidas de los ventanales. Una lógica abstracta y purista compuesta a partir de trazos geométricos regulares.
En el esquema heroico inicialmente concebido por Villanueva para el concepto urbanístico base de la nueva Ciudad Universitaria, la gran avenida culminaba en el Estadio Olímpico, formando un descomunal paredón urbano. Sin embargo, cuando Villanueva acomete su construcción, ha precisado la idea del espacio como una designación escultórica en la que la realidad técnica prima por sobre el principio de escenografía. La poética de la espacialidad definitivamente moderna se define con el abandono del espacio geométrico euclidiano - basado en la ley de gravedad y expresado en la relación de las verticales y horizontales - y la adopción del moderno sistema hiperestático, fundamentado en una interpretación más física y fenoménica del espacio en la que el equilibrio es el resultado de una vasta serie de agentes físicos que actúan en direcciones infinitas. Estos agentes establecen complejas relaciones en las que las líneas pueden trazar las más diversas trayectorias en el espacio, y las fuerzas que ellas conducen pueden sumarse y multiplicarse.
Partiendo del sistema hiperestático, Villanueva concibe el Estadio Olímpico como un ingrávido paredón de nervios, y con esta propuesta se establece un punto de ruptura definitivo en su evolución hacia la plena modernidad. Con este proyecto culmina el uso experimental del hormigón armado y se pasa al claro dominio del mismo, otorgándole a la construcción una incomparable belleza por el juego que logra al conjugar la fuerza del material y la ligereza que le concede al conjunto con la ingravidez estructural de las graderías desplazadas al aire libre y la elegancia de la cubierta voladiza sobre la tribuna. El edificio todo, pero especialmente la tribuna, anuncian el distanciamiento explícito de Villanueva con respecto a las nociones tradicionales de estilo como aplicación ornamental. Aquí, la forma se edifica a partir de lo estrictamente arquitectónico, y hace énfasis en la estructura y sus posibilidades tecnológicas como hacedoras de la forma, punto clave para la comprensión del siguiente gran desafío de Villanueva.
Texto Cortesía: Departamento de Educación, Fundación Galería de Arte Nacional, Caracas, 2000
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